Del 25 de julio al 8 de agosto de 2026, Ámsterdam será por primera vez la ciudad anfitriona de WorldPride, un encuentro internacional del movimiento Pride mundial. La edición coincidirá con dos aniversarios: 25 años de matrimonio igualitario en los Países Bajos y 30 años desde la primera Canal Parade. Mientras que muchos eventos Pride nacieron de marchas de protesta por la igualdad de derechos y contra la discriminación, Ámsterdam desarrolló una forma propia y reconocible: un desfile sobre el agua.
Tras las embarcaciones de colores, los canales abarrotados y el ambiente festivo hay una historia de lucha, visibilidad y cambio. De cara a WorldPride Ámsterdam, OUTtv recorre en tres entregas la historia, el contexto y el significado del evento. Esta segunda parte cuenta cómo una modesta red de organizadores de Pride sentó las bases de WorldPride y cómo cada ciudad anfitriona ha dado una nueva forma y un nuevo sentido a este escenario internacional.
Todo empezó con invitados durmiendo en el suelo
La historia de WorldPride no comienza bajo los focos, sino en el estudio de la activista Marsha H. Levine, en Boston. En octubre de 1982 se reunieron allí dieciséis organizadores de Pride procedentes de seis ciudades estadounidenses. Doce pasaron la noche y buscaron un hueco en el suelo. No existía un manual para construir un movimiento internacional. Había, sobre todo, personas con preguntas, experiencia y ganas de ayudarse mutuamente.
Sus dificultades resultaban familiares. ¿Cómo se organiza una marcha segura? ¿Cómo se consigue el apoyo de un ayuntamiento? ¿Y cómo se evita que la celebración eclipse el mensaje político? Compartir conocimientos permitía que cada ciudad no tuviera que empezar de cero. Los encuentros continuaron, se sumaron participantes de otros países y de aquella red nació InterPride.
Con el crecimiento surgió una idea más ambiciosa: ¿y si los movimientos Pride locales crearan juntos un único escenario internacional? En 1997, las organizaciones asociadas crearon el título WorldPride y eligieron Roma como ciudad anfitriona de la primera edición, celebrada en 2000.
Celebrar cuando la visibilidad está bajo presión
La primera edición en Roma dejó claro hasta qué punto un escenario así puede generar tensión. WorldPride coincidió con el Jubileo católico y encontró una fuerte oposición del Vaticano y de políticos conservadores. Aun así, personas de la comunidad LGTBIQA+ salieron a la calle. WorldPride se convirtió así, al mismo tiempo, en celebración y protesta: una reivindicación del derecho a ser visibles en la ciudad.
Seis años después, el margen de actuación en Jerusalén era todavía menor. El conflicto armado y las preocupaciones por la seguridad obligaron a cancelar la gran marcha prevista, aunque los debates, las películas y las exposiciones sí continuaron. Más tarde pudo celebrarse un desfile de menor tamaño. La edición no fue lo que sus organizadores habían imaginado, pero tampoco desapareció. Demostró que la visibilidad puede adoptar más formas que una gran manifestación.
Si Roma y Jerusalén tuvieron que enfrentarse sobre todo a presiones y circunstancias externas, en Londres, en 2012, el mayor obstáculo nació dentro de la propia organización. Poco antes del desfile, gran parte del programa fue cancelado debido a problemas económicos y organizativos. Desaparecieron las carrozas y los vehículos, y las actividades previstas en el Soho no llegaron a celebrarse. Al frente caminaron veteranos del primer Pride de Londres, celebrado en 1972. Sin buena parte del espectáculo previsto, el carácter reivindicativo se hizo más visible. La gente se negó a dejar que la marcha desapareciera, pese a la decepción causada por la organización.
Sin embargo, aquella forma más sobria y política también tuvo un coste. El activista Peter Tatchell señaló que, sin vehículos, las personas mayores y las personas con discapacidad tenían más dificultades para participar. Londres mostró así dos verdades a la vez: reducir el espectáculo puede situar el mensaje político en primer plano, pero no convierte automáticamente un evento en más accesible.
Toronto optó en 2014 por un enfoque más amplio. El primer WorldPride de Norteamérica combinó marchas y cultura con una conferencia internacional sobre derechos humanos. Una participante de Surinam explicó lo importante que era que quienes procedían de países donde no podían expresarse con libertad encontraran allí un espacio para alzar la voz. Su experiencia dejó claro que la palabra «mundo» debe significar algo más que visitantes o banderas: también importa lo que una persona puede llevarse de vuelta a casa.
Un escenario más grande y con más voces
A medida que WorldPride crecía, también cambiaba el debate. En Madrid, el centro de la ciudad se convirtió en 2017 en un gran espacio compartido para el encuentro, la música y la visibilidad. Al mismo tiempo, la Madrid Summit, una conferencia internacional sobre los derechos humanos de las personas LGTBIQA+, reunió a activistas, especialistas y organizaciones de distintos países. La dimensión política no quedó relegada a los márgenes de la fiesta. La celebración y el debate sobre la libertad formaron parte de un mismo programa.
Madrid había demostrado que WorldPride podía reunir a toda una ciudad. En Nueva York, esa visibilidad internacional adquirió un significado distinto en 2019, cuando la edición coincidió con el quincuagésimo aniversario de la revuelta de Stonewall. La ciudad no solo celebró cuánto había crecido Pride; también se preguntó cuánto quedaba de su protesta original. Ese debate tomó literalmente dos rutas: junto al desfile oficial, la Queer Liberation March recorrió la ciudad sin patrocinadores empresariales ni delegaciones policiales dentro de la marcha.
Las dos rutas por una misma ciudad contaban juntas una historia más amplia. Para algunas personas, los patrocinadores aportan recursos y alcance; para otras, corren el riesgo de suavizar la fuerza reivindicativa de Pride. WorldPride no ofreció una respuesta definitiva, pero hizo visible la diferencia. Quizá esa sea precisamente la fuerza de un escenario internacional: no hace falta compartir una única idea de progreso para reclamar espacio unos junto a otros.
La forma del evento también siguió evolucionando. Copenhague y Malmö compartieron en 2021 la organización entre dos ciudades y dos países, mientras que la pandemia de coronavirus trasladó parte del programa a internet. En 2023, Sídney llevó WorldPride por primera vez al hemisferio sur. El programa reservó un espacio destacado a personas LGTBIQA+ de las comunidades aborígenes y de las islas del estrecho de Torres. El escenario mundial no solo se amplió geográficamente, sino también en diversidad cultural: voces de distintas comunidades, orígenes y experiencias ganaron un espacio más visible.
En Washington D. C., en 2025, volvió a plantearse hasta qué punto la visibilidad puede sentirse realmente libre. La edición tuvo lugar mientras en Estados Unidos aumentaba la presión sobre los derechos y la protección de las personas LGTBIQA+, y en especial de las personas trans. Para algunos participantes y colectivos internacionales, el viaje dejó de ser una decisión sencilla. Aun así, la gente se reunió para celebrar, encontrarse y protestar. Para algunas personas, marchar era una fiesta; para otras, ese mismo paso se vivía como un acto de resistencia.
Todas estas ediciones enseñan que Pride nunca es solo una fiesta ni únicamente una protesta. Es un lugar donde personas de toda la comunidad LGTBIQA+, con identidades, orientaciones, orígenes y experiencias diferentes, pueden mostrarse, encontrarse y reconocerse. Allí recuerdan cómo se conquistaron sus derechos y señalan todo lo que aún debe cambiar. A veces la alegría es el mensaje; otras veces, el simple hecho de estar presente se convierte en resistencia. Pride alcanza su mayor fuerza cuando estas formas pueden convivir y cuando los grupos menos visibles también participan en las decisiones.
Así, WorldPride pasó de ser una red práctica, nacida de un pequeño encuentro en un estudio, a convertirse en un escenario mundial diverso y capaz de adoptar muchas formas. Precisamente porque ese escenario puede transformarse, la idea original sigue siendo reconocible: las personas se reúnen porque nadie debería afrontar la lucha en solitario. WorldPride no es, por tanto, un punto final, sino una promesa que se renueva.
En la tercera parte, OUTtv analizará cómo intenta Ámsterdam hacer realidad esa promesa en 2026.














